Los valores los inculcan los padres, no la escuela

Publicado por Mauricio Moncada en

Existe una gran confusión sobre el papel que juegan los colegios y los profesores en la formación de los alumnos.  Esta confusión es en gran parte alentada por la oferta educativa existente.

También es cierto que existen diferentes opiniones al respecto y no corresponde a un tema cerrado con una verdad absoluta.   Cada caso es especial y existen excepciones maravillosas que llenan de orgullo y esperanza a la profesión docente.

El amor incondicional, el afecto, la bondad, la honestidad, la justicia, la solidaridad, el respeto, la tolerancia... constituyen valores necesarios para realizarnos correctamente, para crecer y ser felices.

Las personas adultas deberíamos saber transmitirlos a las generaciones que nos siguen. Pero ¿por dónde empezar su enseñanza y aprendizaje? Lo principal es que todos los expertos consultados señalan a la familia como el lugar principal donde se descubren los valores. Pero ¿están las familias preparadas para este reto?

Enseñar valores

Coherencia en el testimonio

En este aspecto de la educación, los padres han de ser conscientes de que su manera de ser y de hacer familia será crítica.

Para la escritora Victoria Cardona, “los padres deben saber que en la primera infancia los niños imitan todo, por lo que es muy importante ser coherentes a la hora de dar testimonio. Los valores no se enseñan. Los valores los descubren los hijos a través del ejemplo de los padres”. Coincide con ella Ramón Olegario, profesor de pedagogía terapéutica del IES No. 1 de Riberia (La Coruña), para quien la educación en valores debe empezar en casa, y cuanto antes. “Si un niño ha tenido una buena base afectiva, una base armónica, ese niño tiene mucho ganado. De hecho, la escuela tiene una función importantísima en este aspecto, pero los profesores somos sólo los subsidiarios de dicha educación en valores”.

La familia, prosigue Cardona, “es núcleo de la sociedad donde se educan por contagio a todos los que la integran. Pero cada familia tiene su estilo y debe estudiar qué valores quiere transmitir”. Ahí es donde Javier Borrego, profesor de Ética y Antropología de la Universidad CEU San Pablo hace hincapié en lo siguiente: “Los valores por sí solos no son nada. Sólo tienen su sentido cuando están ordenados y podemos señalar un valor central”.

 

Diferentes jerarquías

De ahí que Javier Borrego proponga que cada familia se plantee qué ideal es el que le motiva.

Porque, prosigue este docente, no todas las jerarquías de valores son iguales. “Puede haber familias que entiendan que lo mejor es colmar todos los deseos de los niños, y entonces los niños crecen sin enfrentarse a los problemas y disfrutando de la vida… pero a la larga será perjudicial. Y puede haber otras familias que su ideal sea la unidad y la comunicación. Entonces se acostumbrarán a no tenerlo todo inmediatamente, a compartir. Los niños de estas familias crecerán más felices. Es así de sencillo”.

De esta forma, mientras que para este profesor la educación en valores debe empezar por la enseñanza de ciertos criterios éticos y estéticos, para el profesor de pedagogía terapéutica del IES Nº 1 de Ribeira (La Coruña), hoy por hoy lo principal sería “educar en el respeto al prójimo, llevado a todos los niveles”. “Yo diría que todos son importantes”, apunta por su parte Victoria Camps, catedrática de Filosofía Moral y Política de la Universidad Autónoma de Bellaterra. Autora del libro «Qué hay que enseñar a nuestros hijos», Camps concluye que “el buen humor, la generosidad, la autoestima... son conceptos encadenados que se van complementado, y cuyo conjunto explica qué es eso de la felicidad”.

El objetivo, una libertad responsable

Siempre conviene pensar en valores que ayuden a los niños y los jóvenes a alcanzar una libertad responsable.

Un valor es intangible, pero es algo que atrae y que, en los padres, tiene su fundamento en la mejora personal. Se trata de demostrar con obras la fuerza interior que tiene cada madre o padre, para mantener una actitud positiva y enfrentarse a su día a día con ánimo renovado, con objeto de acompañar a los hijos en su proceso educativo.

Los valores de la convivencia son fundamentales para educar en casa. Veamos unos ejemplos: dar las gracias amablemente por un favor recibido; valorar una tarea bien hecha; corregir con paciencia la realización de un encargo que podía haberse llevado a cabo con más pulcritud; pasar por alto el mal humor de un adolescente; reconocer que hemos perdido los modales y nos hemos enfadado y saber decir: “Perdona, he hecho mal”, con humildad. Así, podemos ayudar a nuestros hijos a descubrir los valores del agradecimiento, de la serenidad y del perdón, mucho más que con mil y un discursos sabiamente elaborados y explicados.

El valor que brilla y que necesitan hoy más que ningún otro es nuestro afecto y cariño. Con afecto los padres tendrán un ascendente que les facilitará el ejercicio de la autoridad. Una autoridad que deberá concretarse en los horarios del tiempo de estudio, de la red o de las actividades extraescolares. El esfuerzo que tienen que hacer niños y adolescentes para obedecer es un valor que les ayudará toda la vida. Concedamos importancia al testimonio personal. Aunque hablamos de transmitir valores, es mejor que los descubran en la vida de los padres.

En definitiva, conviene que sepan interiorizar los valores que han observado en su familia y, actuando con libertad, tengan sus propios criterios y lleguen a ser felices.


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